martes, 23 de febrero de 2010

Baila, que ritmo te sobra

Tenía el nombre más grotesco que había escuchado nombrar en largo tiempo, casi tan grotesco como lo era su persona, aunque alcanzar ese nivel era un récord demasiado difícil de romper, por no decir imposible. Y de solo pensarlo, podía remitirme al sonido de una canción barata de tonos tropicales, sin contenido alguno, superficial, vacío, repulsivo ante la mínima presencia de buen gusto. Lejos estaba de ser aquella princesa de siglos atrás, lejos estaba de pertenecer a algún linaje y, evidentemente, lejos estaba de reflejar belleza. Su exterior no era más que imagen de lo que ella llevaba por dentro: veneno, un alma sucia, cuya suciedad incluso parecía llevar en el color natural de su piel.

Cualquier esfuerzo por tratar de evadir la discordia me resultaba imposible, ni siquiera podía ignorarla como generalmente puedo hacer con facilidad con aquellas cosas que me generan rechazo; cada vez que lo intentaba, hacía algún nuevo movimiento, y para esa especie de baile vulgar que parecía su vida misma, ella danzaba a un ritmo que sí que le sobraba. Y yo nunca pude alejar de mi pensamiento la idea de que su mente estaba llena de puntos suspensivos.

Sintiéndose perteneciente a una dinastía que nunca existió, basó cada uno de sus actos buscando saciar esas ansias de poder que tanto anhelaba, la adrenalina subía a su cabeza haciéndola sentirse superior a todos, sentada en su trono de cartón. Lástima que la pobre olvidó llevar su cámara para fotografiar su propia corona.

Blue.

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