jueves, 5 de agosto de 2010

París


Aquél día, ella recibió una carta cuyo remitente le fue imposible identificar. Evidentemente, esa carta no había llegado a su destino. “¡Qué error tan atroz cometieron en la oficina de correos!”, pensó en ese momento, porque, a diferencia de la persona a quién estaba dirigido aquél sobre, ella no se encontraba en París, sino aún sumergida en ese pueblo de mala muerte del cuál se había propuesto salir.

La ola polar se extendió por unas semanas, y podía sentirse hasta en los huesos. El frío estaba congelando casi toda su voluntad, pero el resto que aún le quedaba fue lo que hizo que se calzara sus botas, se pusiera el saco y se acomodara la bufanda, para enfrentar el frío día de invierno e ir buscar algún tipo de respuesta para aquella confusión. Sí, no cabían dudas de que todo aquello no era más que una gran confusión.

Sus nervios impidieron que pudiese terminar de tomar el café bien amargo que ya se había convertido en una especie de ritual en sus días. Esto no lo comprendía. ¿Por qué estar nerviosa si sólo se trataba de un error en el que ella se vio involucrada por puro azar?

París… París. Durante todo el día ésta ciudad estuvo fija en sus pensamientos. ¿Por qué tendría que llegar a ella una carta dirigida a un sitio que prácticamente se encontraba al otro lado del mundo? Paris, la ciudad del amor. París, la ciudad de las luces. Y ésta última frase de repente le pegó tan o más fuerte que el viento helado de la calle por la cuál estaba caminando.

En el correo no supieron darle ninguna explicación, no la tenían. Se limitaban a decir que la correspondencia había sido perfectamente entregada, que no había ningún tipo de error. La encargada se negó a aceptar el sobre, por lo que no le quedó más que volver a introducirlo en su cartera, y partir de regreso a casa. Durante todo el camino se preguntó qué hacer con él, y resolvió guardarlo en un cajón, con la esperanza de que algún día se resolviese el misterio, con la esperanza de que algún día su teléfono sonaría, y sería la empleada de correos pidiéndole una disculpa, alegando que el verdadero dueño de esa carta había aparecido reclamándola.

Llegó, apoyó el sobre en la mesa y fue a calentar agua para su próximo café, que la entibiaría un poco al menos del frío acumulado en el exterior. Al volver a la mesa, sintió un extraño magnetismo proveniente de aquella carta, era como si le estuviese hablando, como si le estuviese pidiendo que la abra. Desde que la encontró en su buzón, esa idea nunca se cruzó por su cabeza; eso sería irrumpir en la privacidad de otras personas. Pero en ese momento, no pudo resistir el impulso.

Suavemente tomó el sobre entre sus manos y comenzó a abrirlo con cuidado. Dentro del mismo, se encontró con una postal, que contenía sólo una frase escrita con extrema pulcritud: “Las luces están dentro de uno mismo”. Y así fue que se dio cuenta de que la encargada del correo tenía razón. No supo cómo explicarlo, pero supo con certeza que ella era la persona a la cuál aquella carta estaba dirigida.


Blue.
[Inspirado en: http://cartaaunasenioritaenparis.blogspot.com/]

4 comentarios:

Viktominic dijo...

no, bueno.. yo..
ya te dije que dkjfhkjdshfkjdshfj
me gustóooo *.*
los detalles! los tengo tan en cuenta cuando escribo y leo ...
gracias again <3

love youuu

euge dijo...

que lindo lo que escribiste gui, me encanto y tu redacion e smuy buena! :)

·· denn ·· dijo...

Te dije que tu amiga es desastrosa y que se iba a olvidar. Sí, hablo de esa Denn, no le vuelvas a dirigir la palabra.

¡No puede ser TAN lindo esto que escribiste! No sólo por la manera en la que lo hacés, que siempre es igual de hermosa; a eso se suma ese sentimiento que expresás, ese gran descubrimiento, el ver por fin esas luces.
No te imaginás lo feliz que me hace leerte <3

Davide Rodriguez dijo...

precioso relato... inspirador! Saludos y volveré