lunes, 14 de marzo de 2011

Carnaval efímero

Sí, veo el fin. Pero el miedo ya lo estoy dejando de lado. En su lugar un mundo de cosas que mi mente no logra comprender aparece delante de mí, y en lugar de tratar de huir, me resulta irresistiblemente tentador. No especulo acerca del después, sólo me dejo llevar, caminando hacia esa especie de agujero negro, casi automáticamente, sin pensar en las consecuencias. ¿Será que no creo en la nada? ¿Será que no voy a dejar que la nada se quede con todo? Danzo al son de una melodía que nadie más ha de escuchar. Construyo mi máscara, aquella que no permite que me vean, que me da libertad para moverme dentro de éste inmenso carnaval. Representación colectiva, tal vez, aquello que invade de una manera que se podría denominar arquetípica. Es como un arte, pero sin serlo.

No, no me ven, jamás podrían realmente verme. ¿Y yo a ellos? Empolvan sus rostros, los llenan de colores, de sombras, de diferentes cosas que nada tienen que ver con su piel No me aterra cerrar mis ojos, pero prefiero mantenerlos bien abiertos para ver el choque de los mundos que van en paralelo, de éste carnaval efímero con la inevitable realidad. Su estructura es su mismo caos. Primitivismo vestido de evolución, de progreso. La vida propia no es perceptible. A sí mismo, nadie parece percatarse de tal detalle. El baile los envuelve a todos, pero no es más que un esfuerzo individual encaminado a la nada. Nada lo justifica, nada lo apaña.

Comportamiento asimilado de semejante forma en que su ser y su máscara, no parecen más que un mismo ente. Al portarla, toma sus cualidades.

¡Que se callen, quiero que se callen! Lo que empezó siendo una melodía ahora se transforma en ruidos que me aturden. Pareciera como si veo el mundo entero, pero mis ojos permanecen cerrados, no hace falta que los abra para saber qué hay allí. Pude aprender a ver sin ver. Las máscaras parecieran tener vida propia, y el choque no es más que una lucha sin piedad, entre arrancarse la capa de frialdad tan estrictamente construida, desgarrarla con las propias uñas, sin importar las desgarraduras que podamos ocasionarnos, contra nuestra propia identidad, contra aquello que nos diferencia, que está latente debajo de aquello ante lo cual si no se pelea, se deja que se apodere de todo.

Pero la verdadera sorpresa, es cuando el disfraz cae al suelo, y ante nuestra mirada no nos encontramos con otra cosa que no sea una copia fidedigna de aquello que yace a nuestros pies. Ya estoy a la intemperie, las calles de mi mente ya no se muestran más coloridas, la música cesó, los espectadores ya no están allí mirando con sus grandes ojos llenos de excitación. Me enfrento conmigo, despojado de cualquier vestimenta. Sólo me pregunto cuándo tendré el valor para bajar la mirada, observar aquello que reposa a mis pies, para así saber quién fue el ganador de ésta lucha de máscaras, música y extravagancia, para saber si mi máscara está verdaderamente despegada de mi rostro, o si pudo tatuarse en mi ser.

[Texto condicionado a un concurso que no sucedió]

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