lunes, 19 de diciembre de 2011

Llega el punto donde invade la inercia, donde hay que dejar que las cosas fluyan por sí mismas, sin mover ni una sola pieza en el tablero, sin realizar movimiento alguno, por más insignificante que sea.
No voy a justificar mis actos.
No voy a justificar mis no-actos.
Sólo conduzco hacia mi inacción emocional.
No soy yo, pero soy yo.

jueves, 7 de abril de 2011

L'enfer, c'est l´Autre

"El infierno son los otros"
Jean-Paul Sartre

lunes, 14 de marzo de 2011

Carnaval efímero

Sí, veo el fin. Pero el miedo ya lo estoy dejando de lado. En su lugar un mundo de cosas que mi mente no logra comprender aparece delante de mí, y en lugar de tratar de huir, me resulta irresistiblemente tentador. No especulo acerca del después, sólo me dejo llevar, caminando hacia esa especie de agujero negro, casi automáticamente, sin pensar en las consecuencias. ¿Será que no creo en la nada? ¿Será que no voy a dejar que la nada se quede con todo? Danzo al son de una melodía que nadie más ha de escuchar. Construyo mi máscara, aquella que no permite que me vean, que me da libertad para moverme dentro de éste inmenso carnaval. Representación colectiva, tal vez, aquello que invade de una manera que se podría denominar arquetípica. Es como un arte, pero sin serlo.

No, no me ven, jamás podrían realmente verme. ¿Y yo a ellos? Empolvan sus rostros, los llenan de colores, de sombras, de diferentes cosas que nada tienen que ver con su piel No me aterra cerrar mis ojos, pero prefiero mantenerlos bien abiertos para ver el choque de los mundos que van en paralelo, de éste carnaval efímero con la inevitable realidad. Su estructura es su mismo caos. Primitivismo vestido de evolución, de progreso. La vida propia no es perceptible. A sí mismo, nadie parece percatarse de tal detalle. El baile los envuelve a todos, pero no es más que un esfuerzo individual encaminado a la nada. Nada lo justifica, nada lo apaña.

Comportamiento asimilado de semejante forma en que su ser y su máscara, no parecen más que un mismo ente. Al portarla, toma sus cualidades.

¡Que se callen, quiero que se callen! Lo que empezó siendo una melodía ahora se transforma en ruidos que me aturden. Pareciera como si veo el mundo entero, pero mis ojos permanecen cerrados, no hace falta que los abra para saber qué hay allí. Pude aprender a ver sin ver. Las máscaras parecieran tener vida propia, y el choque no es más que una lucha sin piedad, entre arrancarse la capa de frialdad tan estrictamente construida, desgarrarla con las propias uñas, sin importar las desgarraduras que podamos ocasionarnos, contra nuestra propia identidad, contra aquello que nos diferencia, que está latente debajo de aquello ante lo cual si no se pelea, se deja que se apodere de todo.

Pero la verdadera sorpresa, es cuando el disfraz cae al suelo, y ante nuestra mirada no nos encontramos con otra cosa que no sea una copia fidedigna de aquello que yace a nuestros pies. Ya estoy a la intemperie, las calles de mi mente ya no se muestran más coloridas, la música cesó, los espectadores ya no están allí mirando con sus grandes ojos llenos de excitación. Me enfrento conmigo, despojado de cualquier vestimenta. Sólo me pregunto cuándo tendré el valor para bajar la mirada, observar aquello que reposa a mis pies, para así saber quién fue el ganador de ésta lucha de máscaras, música y extravagancia, para saber si mi máscara está verdaderamente despegada de mi rostro, o si pudo tatuarse en mi ser.

[Texto condicionado a un concurso que no sucedió]

viernes, 4 de febrero de 2011

Denial

Soy la estúpida que se encierra en el baño a llorar, que se miente con la realidad misma. Estúpida, sí. Como si mi cara no fuese el reflejo de la mierda que arrastro por dentro.

Sueño de porquería que no logro comprender ni descifrar. No generó absolutamente nada, pero ¿por qué fue generado?

Necesito algo que no sé qué es.

Nada me da mi lugar. Nadie me da mi lugar. Yo tampoco.

Sólo soy una negación.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Soembie

Un olor lo suficientemente desagradable como para generar un impacto, entró de forma violenta por sus sentidos. No logró distinguir exactamente qué era ni de dónde provenía. Parecía estar invadiéndolo todo, y algo le alertaba que era alguna cosa conocida por ella, pero maximizado de una forma en verdad preocupante, repugnante. No lograba descomponerla, quizás por no ser tan sensible como para que eso sucediera, porque sin dudas cualquier persona más normal quedaría asqueada ante tal hedor.

¿Qué había cambiado en el ambiente? ¿Hacía cuánto ese silencio sepulcral lo había invadido todo? Debía de haber estado muy ensimismada en sus pensamientos al no haber distinguido el momento preciso, pero el cambio era innegable. Sentía ruidos lejanos, gritos provenientes de varios puntos desiguales… gruñidos, ¿eso que estaba escuchando eran gruñidos?

Trató de asomarse por la ventana, buscando captar algún tipo de indicio de la situación. Nada. El sol alumbraba normalmente, pero aún así todo estaba cubierto con una inusual anormalidad que no podía describir. Parecía todo muerto; una calle muerta, un barrio muerto, una ciudad hundida en una omisión mortal.

“No”, pensó. Todo eso no debía de ser más que fantasías creadas por su imaginación, producto de tantas historias de ese estilo que ella había leído e investigado, y que la fascinaban de una manera inverosímil. ¿Pero si en verdad estaba pasando? No podía ser, en verdad no podía ser.

Trató de distraerse, pensar en otra cosa. Encendió la radio, la música ayudaría, pero terminó apagándola luego de sólo unos minutos, al percatar que era imposible sintonizar alguna estación. Tal vez el aparato se le había dañado, pero esta idea fue descartada una vez que encendió el televisor y se encontró con una situación similar.

Un sorprendente éxtasis la comenzaba a invadir. ¿Dónde había dejado su teléfono? No podía recordarlo. El olor a óxido podrido se intensificaba, los gritos se oían, poco a poco, cada vez más cerca. ¡Ahí estaba! Muerto, tal y como lo había sospechado, sin ni siquiera señal.

La adrenalina se apoderó de ella. Salió con rapidez hacia la calle. Nada. Era como estar viendo una imagen congelada por completo; sólo el viento parecía advertirle que no estaba observando un cuadro inmóvil.

Caminó y caminó. Todo era sorprendentemente similar, salvo por la intensidad del olor que iba en aumento, y por los gritos, que ya escuchaba con desgarrada nitidez. Un hombre pasó corriendo velozmente junto a ella. No logró emitir palabra, pesa a las miles de preguntas que podrían ocurrírsele en ese momento para hacerle. Fue todo tan rápido que sólo tuvieron tiempo de intercambiar una mirada. Aterrado, sin detener su marcha ni disminuir su velocidad, aquél hombre se limitó a gritarle desde los metros que ya los separaban: “¡Huí!”.

¿Qué estaba pasando? Algo le decía que aún no era tiempo para volver atrás. Unos minutos más tarde, ella empezaba a entenderlo todo. Aquél ser extraño se le acercaba sigilosamente, con pasos torpes, lo suficientemente torpes como para que pudiera observarlo con atención, antes de echar a correr. Se acercaba mostrando agresivamente sus dientes. Cubierto de sangre, tenía la ropa tan rasgada como parte de su piel, como parte de su cuerpo. Sus ojos blancos la miraban con un hambre escalofriante. Ese ser era un no-ser.

Ahora en lugar de caminar, corría, en dirección inversa por donde venía. Corría como aquél hombre que le había alertado tan sólo hace pocos minutos la amenaza que se aproximaba. Pero había algo que los diferenciaba completamente: ella no corría aterrada, ella no sentía la más mínima señal de miedo.

Ya de nuevo en su casa, cerró con seguro su puerta se dirigió a la habitación, sin no controlar antes que no hubiera otra presencia en el lugar. Se agachó y de debajo de la cama sacó una gran caja de madera, esa que tenía sobre ella ese símbolo tan raro para cualquier otro tipo de persona, aquella que hacía tiempo venía preparando para una situación como ésta.

“Cuando no haya más lugar en el infierno, los muertos caminarán sobre la tierra”. Por fin había llegado el momento que hace tanto estaba esperando. Y, absolutamente feliz, salió preparada para destrozar cabezas.

Resurgir

Resurgir, en mi caso, así son más, con un largo preámbulo que arranco y quemo sin siquiera dar una última mirada. ¿Eso es el olvido? El universo que es hoy, mañana no será nada, ser consciente de inconsciencia.

Que todo aquello que un día encadenamos en el papel, salga luego purgado de males, que sólo quede el gratificante sabor de las experiencias vividas y el aroma del progreso. Al final, la textura del ayer llena de éxtasis los dedos del presente. Queramos o no, nuestro presente.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Crónica de invierno

Agosto 2010.

Recién llego a éste lugar y ya me dan ganas de salir corriendo lo antes posible. Se nota que es muy poco yo. Se nota que no es nada yo. A pesar del cielo despejado y el sol brillante sobre mí, no puedo evitar percibir que estoy dentro de un día gris.

Me siento dentro de una jaula con la puerta abierta, pero en lugar de querer mi libertad prefiero encerrarme y aislarme de lo que hay del otro lado. En éste lugar apenas entra la cama, una mesita de luz con un simpático velador rojo, una mesa tipo banco de colegio y una silla. Acabo de darme cuenta de la presencia disimulada del cesto de basura… lástima que todo este lugar completo no cabe dentro.

Necesito de ese lenguaje que ninguna de estas personas podría comprender, lenguaje nuestro, en base a palabras conocidas por la gente común, pero a las que concebimos como algo distinto y único por donde se mire, sin que ni siquiera haya habido acuerdo previo. Siento una constante búsqueda, una constante necesidad. Siento que no pertenezco a ningún lado. Siento que mi lugar sos vos. Mi boca aguarda el reencuentro, pero no desespera… ya te besó en un millón de vidas. Veo a mi alma danzar al ritmo de tu luz, que todo lo envuelve, sin pedir permiso. Imposible reprimirme, imposible no entregarme. Amarte es amarlo todo.

Últimamente parezco comprender que nadie le hace nada a nadie. Las cosas simplemente suceden si uno así lo permite. Hay una verdad, no podemos escaparnos de nosotros mismos.

Tengo un “dios” a mi medida. Mi dios es energía, no es persona, no es palabra, no es comunidad. Mi dios no quiere que se arrodillen ante él, que gasten cantidades impresionantes de dinero para brindarle culto con frivolidades, ni que repitan de manera automática y primitiva frases sin sentido de siglos atrás. Mi dios no promete castigo de fuego y dolor.

Mi dios es la lógica, y ella no me pide que le rindan culto, no pide sometimiento. Es impresionante como algunas personas quieren poner su mirada superflua y desviada en situaciones que son claras, transparentes, nítidas, sinceras, simples y sobre todo naturales. Es simplemente una fantasía. No se trata de otra dimensión, de algo diferente a lo que vemos, sino cómo lo vemos.

¿En qué creo? Todo aquello en lo que creemos es lo que creamos. La única verdad es la mí. La única libertad es la que nos hace auténticos.


"La ignorancia es la noche de la mente: pero una noche sin luna y sin estrellas".